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Apresentação do ministro de Estado das Relações Exteriores, embaixador Ernesto Araújo, no Conselho para as Relações Internacionais (CARI), em Buenos Aires, Argentina, 09/04/2019

 

Muchísimas gracias, Ministro Rodríguez Giavarini,

Es un enorme honor y alegría para mí estar acá. Señores embajadores, subsecretarios, autoridades, señor Embajador de Brasil, señora Cónsul-General de Brasil, queridos amigos, es realmente una gran alegría.

Quería empezar hablando de una cosa de mi biografía que no está en la introducción – y muchísimas gracias por la magnífica introducción – que hizo el ministro Giavarini. Todo fue muy interesante, segura-mente. Pero, decía, algunos puntos que no estaban en los puntos biográficos que se eligieron.

Conocí Buenos Aires en 1982, con quince años. Vine con mis padres por la primera vez que salía de Brasil, y nunca me olvidaré de la sensación de maravilla que me tomó cuando llegué y vi lo que parecía realmente un lugar completamente distinto, un mundo que en Brasil ya había desaparecido (que yo conocía por historias de mis padres), un mundo de cafés en la calles y teatros, ese tipo de cosa. Claro, que siguen existiendo, pero me pareció realmente una especie de realidad paralela donde yo llegaba. Yo paseaba en la calle Florida con asombro, con una cosa tan distinta. Es claro que las impresiones de la juventud son muy impactantes.

Nunca me olvidé también de esa sensación de llegar por la primera vez en otro país, ya salir del avión y ver a la gente hablando otra lengua y con otro porte, otra actitud. Eso realmente era como llegar en un universo paralelo. Y desde entonces, reflexionando sobre eso, me di cuenta de que cada país, cada nación es un universo proprio, es una realidad paralela, de alguna manera. Como decía el gran poeta Fernando Pessoa, “cada nación es un misterio, y cada una es todo el mundo a solas”. Cada nación contiene una visión distinta de todo el mundo.

Entonces, me di cuenta de que no solamente las calles de Buenos Aires eran distintas de las cuadras de Brasilia, sino que, en Buenos Aires, las calles de Londres o las arenas del Sahara o las murallas de Jerusalén son distintas de las murallas de Jerusalén tal como existen en Brasil. Eso es una riqueza extraordinaria del género humano. El hecho de que en cada nación se contenga todo el mundo, y que sean mundos de alguna manera distintos, algo que el globalismo actual se apresura en apagar y que, en mi entendimiento, hay que preservar: esa diversidad, el hecho de que seamos únicos, cada uno, y que nos acerquemos a partir de una afirmación de esa identidad, y no de su negación.    

También, si me permiten seguir un poco con una digresión personal, por esa época del viaje a Buenos Aires, en ese principio de los años 80, empezó mi pasión por Jorge Luis Borges, un autor que, desde entonces, cada vez que leo, descubro cosas nuevas, y siempre digo que es un autor que da ganas de sentir las cosas de una manera distinta. Desde entonces yo convivo con ese gran escritor, como un maestro, yo diría, pretensiosamente, como un amigo, como un padre espiritual. Y si me permiten, a veces (esto yo pensaba hoy cuando venía en el avión), quizá yo sea un personaje de Borges, de alguna manera.

Consigo imaginar un cuento de Borges donde un obscuro diplomático, en alguna tarde de Brasilia, se sentó y escribió un artículo sobre Trump, donde, además de hablar de política, hablaba, por ejemplo, de Eneas, cuando llega al Lacio y se da cuenta de que se cumplió la profecía, de que llegó a la tierra que los dioses le prometieron, y se pone de rodillas, diciendo “Salve fatis mihi debita tellus”. Y donde hablaba de otras cosas, de las legiones romanas cuando llegaron la primera vez a Lusitania, y por ahí. Y ese obscuro diplomático, de un país con problemas de pobreza, de corrupción, de crimen, se daba cuenta de que somos parte de esa misma aventura de Odiseo y de Eneas, y que quizá solamente seremos felices cuando descubramos que hacemos parte de esa aventura.

Y sigue ese hipotético cuento de Borges contando que aquellas líneas sobre el Occidente, un Occidente mítico, de alguna manera, llegaron a los oídos de un candidato a presidente, un candidato que, contra todos los consejos, o por una gran convicción personal, hablaba de Dios y de la patria como realidades presentes, y que llamó ese obscuro diplomático para ser su canciller. Y ese personaje ahora está aquí en Buenos Aires diciendo esto (quizá sin saber que está en alguna especie de sueño) y cree (absurdamente, quizá) que con esa actitud podemos recuperar raíces y culturas, podemos quizá ayudar a cambiar un poco el mundo.

Bueno, en ese momento, decía yo, en ese texto, que el Occidente es sobre todo un proyecto literario. Y de alguna manera, lo que estamos intentando a partir de Brasil, aunque sea sobre todo un proyecto político y económico (y ahí es una distorsión mía, así como del Embajador Danese, que estudiamos literatura en la universidad), es también un proyecto literario, porque es un esfuerzo de los brasileños de reconocerse y de investigarse y de “desolvidarse” para encontrar su verdad, de alguna manera, y ese esfuerzo solamente puede darse por la palabra y por el discurso.

Yo volví muchas veces a Buenos Aires desde entonces, para negociaciones del MERCOSUR, sobre todo, y siempre con una renovada alegría. Esta ciudad, este país nunca perdió para mí ese encanto de la primera experiencia. Seguro que ustedes, así como nosotros en Brasil, pasamos por muchas cosas desde entonces. Y en un cierto momento me acuerdo que estaba acá para una reunión, hacia 2004, más o menos, y escuché de un colega que, hablando de la crisis reciente que Argentina había pasado y de la situación de entonces, me decía que finalmente Argentina se asumía como un país latinoamericano.

Y me pregunté entonces, y me pregunto hoy, lo que quería eso decir. Bueno, sabemos lo que quería decir (cosas semejantes se han hablado de Brasil), pero me permito hablar un poco de ese momento. Yo creo que era algo muy dañoso, de alguna manera, porque quería decir que un país no tiene derecho a ser una individualidad, que tiene solamente que jugar un rol predeterminado por su geografía o por algún trazo superficial; que un país tiene que ser un país genérico, según un cierto estereotipo. Yo creo que eso es bueno para los que creen que es bueno que las naciones desaparezcan, o que se vuelvan solamente accidentes, y no entidades distintas.

Nada en contra, absolutamente nada en contra de ser latinoamericano; lo somos todos, con mucho orgullo. Pero la manera como en aquel momento ese concepto lo vi ser usado me impactó mucho, porque significaba, me parece, la desconexión con las raíces de uno, incluso con las raíces autóctonas de países como Brasil y Argentina, que son igualmente negadas por ese pensamiento estereotípico. No es solamente una cuestión de negar la parte, digamos, occidental de nuestra experiencia, pero todas las experiencias son diluidas y negadas por ese tipo de pensamiento.

Es curioso, porque el término “latinoamericano”, o “América Latina”, nos remite al Lacio, a la matriz de nuestra civilización, pero justamente es utilizada, muchas veces, para alejarnos de esa matriz. Creo que una de las tareas que tenemos es repensar, replantear nuestra latinoamericanidad, y en eso, seguramente, Brasil y Argentina tienen un papel central.

Durante muchos años, algunos años, digamos más o menos del 2003 al 2015, sobre todo en el comienzo de este periodo, se concibió la sociedad Brasil-Argentina como algo que debía aislarnos del mundo, aislarnos por ejemplo de Estados Unidos, también de Europa, algo que debería bloquear el comercio y los flujos de inversiones con ciertos socios, sobre todo con socios democráticos, un momento, me parece, de una falsa concepción de integración y de relación preferencial Brasil-Argentina, que contrastaba con ese sueño que apuntalaba el Ministro Giavarini de una nueva sociedad que se creó en los años 80.                                                      

En esa época, un gran embajador brasileño y exponente de una cierta escuela de pensamiento, a quien respecto intelectualmente muchísimo, que es el Embajador Samuel Pinheiro Guimarães, escribió un libro llamado, en portugués, “500 anos de periferia” (“500 años en la periferia”, o algo así), que pretendía ser la historia de nuestro rezago, pero que no identificaba correctamente, en mi modesto entendimiento, las causas de ese rezago. Las causas son, claramente (y eso el pueblo brasileño lo está identificando, y eso es mucho la raíz del cambio político que está pasando), las causas son un Estado patrimonialista, como decimos (no sé se existe en castellano), y la asignación de los recursos de la sociedad por interferencia política, y no por una lógica propiamente social o económica.

Pero la idea que esa corriente sostenía, y que creo que existió en ese momento muy fuertemente en nuestros dos países, era una lógica de exclusión y de desarrollo autónomo que no deja de ser un proyecto, de alguna manera, suicida. No sé si fue Brasil que intentó arrastrar Argentina por ese camino, o si fue el contrario, como uno de esos pactos de parejas que quieren suicidarse juntas, pero en ese caso nos dimos cuenta de que ese libro “500 años en la periferia” no era una historia, sino un programa de trabajo de una cierta corriente de pensamiento; era una garantía de que, en los próximos 500 años, si se ejecutara esa idea de desarrollo autónomo, seguiríamos en la periferia.

Y en nuestro caso, la política exterior hizo parte de ese proyecto. Un proyecto que, en mi entendimiento, fracasó. Un proyecto de autonomía que generó estagnación económica, criminalidad creciente, corrupción y tantos otros problemas. Y ahora tenemos la oportunidad de cambiarlo en Brasil. Alguna persona dice aquí que no se puede cambiar; que hay tradiciones de política exterior que no se puede tocar y que las ideas no tienen lugar en la política exterior. Eso escucho de distintas maneras en esos meses en que me tocó ese gran honor que me hizo el Presidente, de estar al frente de la política exterior. Es una concepción extraña de que se debe hacer política, sea exterior o cualquier política, sin ideas, sin pensamientos, solamente repitiendo fórmulas y por ahí buscando el comercio, como si el comercio fuera algo independiente de la esencia de una nación.

Pero esa ausencia de ideas en la política exterior, en Brasil, seguramente, no resultó. El alegado comercialismo no resultó en acuerdos comerciales. El materialismo y la ignorancia de los valores de nuestro pueblo, por ejemplo, de los valores cristianos de un 90% de la población brasileña, no resultó en prosperidad material. La educación sin valores se desplomó.

Y ahora dicen que no podemos hablar. Algunos dicen que solamente debemos hablar de estadísticas comerciales, que no podemos manejar ideas, que no podemos hablar de valores, que no podemos sino repetir posiciones como se estuviéramos en una especie de teatro kabuki, donde eternamente se repiten las mismas frases o los mismos silencios, digamos. Ya me dijeron que, cuando utilicé la palabra “alma”, estaba ofendiendo un cierto país. Cuando digo la palabra “libertad” estoy ofendiendo otro.

Yo creo en el poder de las palabras, porque es todo que la diplomacia tiene en última instancia. Entonces creo que hablar de la libertad, por ejemplo, puede inducir a que se luche por la libertad, y que hablar del alma puede recordarnos que tenemos una. Se puede analizar de manera distinta, pero creo que esa diplomacia sin sangre y sin alma no funciona como parte de un proyecto de país.

Lo que hubo fue un país que perdía la batalla de ubicarse en las cadenas globales de valor y que perdía la carrera tecnológica, por problemas identificados casi por consenso en Brasil. Pero ahora que tenemos una política, determinada por el Presidente Bolsonaro, que intenta cercarnos de los principales centros tecnológicos y de innovación del mundo por ejemplo, como Estados Unidos e Israel, para recuperar un poco de ese tiempo perdido, los críticos nos dicen que no podemos. No entiendo muy bien, porque esas mismas personas decían que identificaban los problemas de rezago tecnológico y de otros, pero vivíamos en Brasil hoy día, a veces, una situación rara en ese sentido.

Volviendo a la relación Brasil-Argentina, por suerte, rompimos aquel pacto del cual hablaba, aquel pacto de retraso. Primeramente, ustedes a partir de 2015, y ahora nosotros, intentamos cambiar el sistema, aunque sea muchísimo difícil. Es muy difícil. Y necesitamos, creo, uno al otro para seguir adelante en esa misión de recuperar el tempo perdido, y de recuperarlo a partir de nuestra identidad. Creo que necesitamos de un nuevo pacto a nivel de ideas, a nivel filosófico y no solamente en nivel económico entre nuestros países. Un pacto, claro, hacia la libertad y a la prosperidad, pero con nuestras identidades propias y con nuestros valores “civilizacionales”.

Estamos intentando reconectarnos con el occidente democrático, lo que no significa de ninguna manera un demérito de otros socios, sino la recuperación de un tiempo perdido. Queremos una región de democracia e integración, como nuestros dos países, entre otros, establecimos en el nuevo proceso sudamericano, en la reciente cumbre de Santiago.

Pero no nos quedaremos ahí, seguramente. Tenemos una enorme misión. Hay que seguir en esa doble vertiente, del aspecto “civilizacional” y del aspecto económico. Esos aspectos lo expresó muy claramente el Presidente Bolsonaro cuando, en el primer mes de su mandato, fue al foro de Davos, y en su discurso inaugural del foro dijo que nuestro propósito es abrir la economía e regenerar nuestros valores. Creo que él ha sido el primero mandatario que pronunció la palabra “Dios” en Davos, en su discurso de apertura. Quizá un otro cuento de Borges podría ser “Dios en Davos”; quizá daría un cuento.

Tenemos una ambición que abarca cosas muy concretas. Por ejemplo, los grandes acuerdos donde el MERCOSUR está involucrado. Podemos en el corto plazo cerrar cuatro grandes acuerdos, por lo menos, en MERCOSUR: con Unión Europea, con Canadá, con Corea y con EFTA. Y podemos seguir hasta nuevos horizontes, quizá con flexibilidades, como ya se están discutiendo, si fuera el caso, pero uniendo las voces en defensa de nuestros valores.

Yo creo que una Argentina auténtica y un Brasil auténtico pueden llevar esa voz a una distancia mucho más grande que nuestra región, trabajando, por ejemplo, en los organismos internacionales, en la OMC, en los foros de derechos humanos, por ejemplo, para que se defiendan los verdaderos derechos humanos, cooperando con el combate al crimen organizado y al terrorismo. Podemos tener un gran programa de apertura y al mismo tempo de reconexión con valores fundamentales.

En Brasil, intentamos mantener ese programa, que no ha sido solamente una campaña electoral, un dibujo de marketing electoral, pero que realmente corresponde a una filosofía y a una dirección muy clara del Presidente. Creemos que el sentimiento y el impulso patriótico pueden ser un gran manantial de un cambio histórico en Brasil y, seguramente, en nuestra región.

En el caso de Brasil, la elección del año pasado ha sido un momento realmente único, ha sido un momento de reconexión nacional, de regeneración de un pueblo que quiere volver a ser un pueblo, una entidad orgánica, viva y palpitante. Un pueblo que se reconoció en la figura de Jair Bolsonaro como en ninguna otra. Las personas han elegido, han votado, claro, con la cabeza y con el bolsillo, por la propuesta de una nueva racionalidad política y económica, para combatir la corrupción, la estagnación. Pero ha sido, sobre todo, yo diría (por lo menos conmigo fue así), un voto con el corazón. Claro que la gente quiere empleo, pero quiere también sentido en sus vidas. Quiere sentirse parte una comunidad histórica, y no solamente de un mercado.

Creo que estamos intentando traducir todo eso en acciones. Hablaba un poco, por ejemplo, de la sociedad con Estados Unidos, que empezamos a reconstruir con la visita que hicimos el mes pasado, a partir de cuestiones muy concretas, pero que estaban pendientes y que no se habrían resuelto, estoy seguro, sin la creación de un nuevo espíritu de confianza y de una ambición de mundo compartida. Como, por ejemplo, el nuevo acuerdo de salvaguardias tecnológicas, solamente para dar un ejemplo de un tema que parece muy técnico, pero por veinte años se había intentado entre Brasil y Estados Unidos a nivel técnico, y no había salido. Y finalmente logramos firmar ese acuerdo, seguramente (por lo menos es mi impresión) porque ahora tenemos algo más que el aspecto técnico, que es la creación de un nuevo clima, de una nueva visión.

Tenemos la acción por la democracia en Venezuela, algo que resulta de ese compromiso muy claro, muy directo del Presidente con la libertad. El Presidente, prácticamente en todos sus discursos, utiliza la palabra “libertad”, y no es por hacerlo, es porque cree, como creo también profundamente en eso. Hablé del discurso inaugural del presidente en el foro de Davos, y fue muy criticado porque tenía solamente seis minutos, como si la importancia de un discurso se midiera por su extensión. Así que, estoy hablando mucho, ustedes pueden juzgarme también por la extensión. Tengo que aprender más con el presidente y concentrar más las ideas, seguramente. Se aprende muchísimo con él, además, de todo.

Pero Venezuela es un tema que se venía intentando hace tiempo hacer una diferencia, a partir de la comunidad internacional, sobre todo en nuestro hemisferio, pero siempre deteniéndose, siempre llegando solamente hasta el punto de expresar una preocupación o algún entendimiento genérico. Pero a partir de este año, con la participación de Brasil, y, claro, de todos los del Grupo de Lima, que es fundamental en ese proceso, dijimos “ya basta!”; hay que ayudar a crear una realidad democrática en Venezuela. “Eso”, se decía, “no se puede hacer, no se puede, desde afuera, retirar la legitimidad de un gobierno que ha sido, de alguna manera, resultado de una elección”. Decíamos que no; es una elección fraudada, es una elección no reconocida como tal por la OEA, por ejemplo. Un mandato que de eso resulta no tiene validez, y expresamos eso.

Se decía: “el problema de Venezuela es que la oposición no está unida y no comparte criterios”. Entonces, organizamos, en Brasilia, una reunión de los líderes de la oposición y del Tribunal Supremo en el exilio. Les ofrecimos un espacio para que hablaran, y de ahí salió una posición común. De eso resultó la toma de posesión legítima por Juan Guaidó, y seguimos trabajando en eso.

Solamente para decir que eso requiere una decisión, un compromiso con la realidad que está por detrás de las palabras. Porque, durante mucho tiempo, en Brasil seguramente, se pronunciaba un poco como un deber (como ese teatro kabuki, de que hablaba) la palabra “democracia”; se decía eso respecto de Venezuela, pero no se hacía. Creo profundamente en algo muy simple: que las palabras corresponden a una realidad, y tienen que corresponder. Entonces, cuando se habla de libertad, hay que hacer algo por esa libertad.

Brasil intenta también estar más presente en un tema donde estábamos un poco esclavos de convenciones y de falsas tradiciones. En la OMC, por ejemplo. Debemos empezar a hablar de la reforma de la OMC, de nuevos temas, sin la preocupación de dividir en mundo en países desarrollados y países en desarrollo y pensar que debemos ubicarnos con unos y estar siempre en contra de los otros, cuando, en la realidad, lo que hay son, en ese ejemplo, determinadas prácticas que dañan la competitividad, que dañan el comercio, sean practicadas por quien sean, desarrollados o en desarrollo.

Hay que cuestionar, también, posiciones que, nos parecen, no reflejan las posiciones del pueblo brasileño o los intereses del Brasil, en muchos casos. En las negociaciones de medio ambiente, por ejemplo. Cuestionamos el hecho de que ellas son, muchas veces, conducidas por las organizaciones no gubernamentales (ONGs), por una gente que no se sabe de dónde viene, o que se sabe de dónde viene, y que involucra, muchas veces, una pérdida de soberanía.

Y hay que hablar de eso, sin miedo. Ya hicieron caricaturas mías con una sierra eléctrica, como si, por el hecho de que yo contesto, de que nuestro gobierno tiene tantos problemas con ese tema de la soberanía, en la Amazonía, por ejemplo, áreas que son sujetas a la influencia de las ONGs más que al Estado brasileño, como si eso implicara que queremos de alguna manera destruir la Amazonía. O sea, esos estereotipos delante de los cuales, en momentos anteriores, gobiernos, gobernantes, mandatarios se detenían; cuando recibían una crítica o se venían delante de un estereotipo, empezaban a pedir disculpas y reculaban. Porque ese es lo que quiere el sistema. Una de las muchas virtudes de nuestro Presidente es que no tiene miedo a esos estereotipos, y habla de las cosas a partir de los intereses y a partir de la realidad del pueblo brasileño.  

Cuestionamos también, por ejemplo, el instrumento del Pacto Global de Migraciones, no porque seamos contra las migraciones, por supuesto, sino porque creemos que son cuestiones que tienen que tratarse a nivel nacional, y no por una entidad supranacional, y no a partir de parámetros internacionales. Porque las realidades de la migración son distintas en cada caso, y adaptarlas a un mínimo denominador común no es provechoso.

De manera que queremos trabajar con la realidad, y no con la narrativa de la realidad; no aceptando los bloqueos mentales y al pensamiento. Reconociendo, por ejemplo, que las relaciones, por un lado, con Estados Unidos y, por otro lado, con China, tienen un carácter distinto en cada caso, y deben organizarse de manera distinta. Pueden ser inmensamente provechosas en los dos casos, pero, muchas veces, las cosas que podemos hacer con uno no podemos hacer con el otro, y vice-versa. Pero hoy, también, en esa narrativa de bloqueo mental y de bloqueo del pensamiento que hay en Brasil, se dice que un acercamiento con Estados Unidos es algo en contra de China, lo que es un absurdo.

Es necesario decirlo, es necesario desbloquearlo. Es lo que estamos intentando: un gran desbloqueo de energías, las energías productivas del país, y un desbloqueo de ideas. Ambas las cosas van juntas; estoy convencido que es imposible hacer una sin hacer la otra, sea en la política exterior, sea en otros campos de la política.    

Bien, para terminar, y también para recordar algo de los años 80, un poco más adelante, hacia 1989, me acuerdo de haber asistido una película argentina llamada “Tangos, el exilio de Gardel”. No me acuerdo si era muy buena, pero tenía una frase muy buena, donde hablaba de Argentina como la “gran nación inacabada”. Creo que somos hermanos, hermanos gemelos, quizás, en tantas cosas, Brasil y Argentina, y en eso también. Brasil también es una gran nación inacabada, una gran nación que nunca llega a serlo.

Lo estamos intentando ahora, con nuestros modestos medios, con ese mandato que nos confirió el pueblo brasileño. Y no será repitiendo esas tradiciones del teatro kabuki que llegaremos a serlo, sino con nuevas ideas, ideas de cambio autentico. Porque, sin ideas, como decía, la ausencia de ideas no funciona. Con ideas, buenas o malas, no sé, pero creo que hay que tenerlas. Y con la enorme movilización popular que hay, y que sigue existiendo en Brasil, creo que podemos enfrentar un sistema que, para nosotros, quizás para ustedes también, no ha sido provechoso durante muchos años. Así que, en todo eso, creo que tenemos que estar juntos.

Muchas gracias.


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